¿Dónde estaban nuestros niños?

La madre de Juan, un niño de 9 años, me comenta que ha llegado una anotación del colegio diciendo que Juan se viste de uniforme en la parte de arriba y se queda en pijama para abajo. Ana, de 14 años, me dice con decepción que todos sus compañeros copian en las pruebas y tienen mejores notas que ella y su amiga, pero que ambas se niegan a copiar y que los profesores lo saben y no les importa. Gabriel está contento con la cuarentena, han mejorado mucho sus notas, sus padres están tranquilos con sus resultados, por fin, aunque reconoce que ha aprendido muy poco. Camila se desanima mucho cuando sus amigas no le contestan los mensajes, dice que sabe que dos de ellas siguen hablando entre ellas, que no sabe qué pasa ni qué hacer. Rocío, de 11 años, no le habla a su padre hace dos semanas porque él la obliga a comer carne.


Son frases que recuerdo de ese escenario vital reciente, lleno de incertidumbre, medios comunicados, medios incomunicados, expuestos a una realidad virtual, pero muy real a la vez. Para descansar teníamos la intimidad familiar – o la violencia familiar agudizada - y la rutina con sus obligaciones, que contrastaba con la facilidad y la gratificación de los juegos virtuales, donde los menores podían experimentar y construir mundos fantásticos, con crecientes y regulados desafíos que les permiten recibir avalanchas de premios, vivencias altamente estimulantes y adictivas.


Para socializar con sus pares “exogámicos” estaba disponible la Plaza Pública virtual de las plataformas en línea, prodigas de contenidos muy estudiados para engancharlos el máximo de tiempo posible, y así lograr extraer la mayor cantidad de datos posibles de sus vidas. Sus padres vigilando el tiempo que se exponían a la ráfaga de emociones, consideraban cumplida su función de protección. Entre saludos, comentarios breves, chateos rápidos y divertidos, comparten memes, videos, música, sus temas personales, configuran sus ideales con referentes que les ofrecen esos medios, de forma casi instantánea y las comparaciones con estos referentes y con sus pares son parte del modo de comunicación.


Comentarios como: ”empecé a sentir culpa de comer, pero se me pasó haciendo ejercicio y cosas que me gustaran”; “ahí te enseñan a como cortarte sin que duela y sane más rápido”; “ya sabía cómo era una clínica psiquiátrica, Tik Tok me conoce mejor que yo misma, como que predice lo que me va a ocurrir”. Facebook reconoció que su plataforma Instagram aumenta la disconformidad de las adolescentes con su imagen corporal (una de cada tres jóvenes lo menciona en la investigación realizada por ellos). Según estudios en EEUU, en adolescentes, las redes sociales aumentan el aislamiento social y en los menores con uso muy frecuente, el riesgo de sentirse infelices aumenta de 27% a un 56% , refiere la Dra. Herzkovic, Jefa de Psiquiatría infantil de CLC.


Mirando un poco hacia atrás en el tiempo, ya podemos ver como esta experiencia reciente y aún vigente, de la cuarentena sanitaria, nos muestra como las situaciones de crisis nos hacen caer en inconsistencias importantes en nuestros estilos de parentalidad y en la educación formal. Tal vez una primera mirada en cómo estamos viviendo los adultos nuestros propios desafíos actuales, nuestras debilidades y fracasos en este trance social que perdura afectándonos de muchos modos, puede ayudarnos a ofrecerles a nuestros hijos mecanismos de adaptación más realistas y consistentes.










Ps. Carolina Borquez


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