La corona de espinas que nos ha revelado el Covid 19 en torno al adulto mayor

Actualizado: sep 7

Alex Oksenberg


He leído a tres connotados intelectuales que piensan el mundo futuro desde distintos grados de pesimismo. El filósofo italiano, Giorgio Agamben (2020), quien desestimó desde un comienzo y sigue desestimando el impacto del coronavirus, se ha aferrado a su conocida tesis, elaborada a la luz de fenómenos como el Holocausto, para hablar que lo propio de nuestra época es vivir en un régimen de excepcionalidad. La excepcionalidad, dice el filósofo, en realidad no es tal, ella misma es la normalidad y tiene una capacidad meta-excepcional, por decirlo de alguna forma, al fundar su propia normatividad en ese momento donde la regla se pone entre paréntesis para construir una supraregla. Agamben tiene un marco teórico diverso, pero resalta con fuerza la influencia de Foucault quien fue el primero en hablar de que la sociedad posmoderna era la sociedad de la reglamentación, cuidado y vigilancia de la vida a través de lo que llamó el biopoder. En mi opinión la tesis de Agamben puede tener algo de vigencia, pero no en esta ocasión. La excepcionalidad en este caso no es algo ficticio, muy por el contrario hay un correlato real que demanda que el Estado aplique medidas extremas como la suspensión de garantías constitucionales. Un segundo autor es Harari, quien me ha decepcionado de sobremanera por el análisis simplista que se podría reducir a “no tenemos líderes, el mundo actual requiere mayor cooperación internacional para un mundo globalizado que enfrentará crecientemente desafíos globales”.


Está muy bien, tiene razón Harari, pero el aporte es una reafirmación de una postura política que muchos ya sostenían en oposición al mundo que ha venido desenvolviéndose en el último tiempo. Hablo de este resurgimiento del populismo de derechas, anti-globalistas, xenófobas que enarbolan como insignia un patrioterismo chapucero. El autor más interesante ha sido el coreano-alemán Byung-Chul Han (2020). En síntesis, el autor reafirma su tesis según la cual “la globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación”. Agrega que el pánico colectivo también tiene un asidero en la digitalización del mundo: “La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia”. El filósofo se arriesga al decir que el futuro podría parecerse más al comunitarismo asiático con fuertes dosis de mayor presencia estatal facilitada por una disminución de la privacidad, esto es, dañar el paradigma occidental de libertad para que las autoridades conozcan donde como, qué cosas reviso en línea, dónde y con quién he estado, qué cuestiones leo, de tal forma poder utilizar el Big Data entre otros adelantos para mapear respuestas colectivas y rápidas a fenómenos como el actual. Hay que tomar todas estas predicciones con beneficio de inventario, pero sería muy difícil pensar que no habrá cambios. En este sentido me representa lo que escribió el filósofo español Daniel Innerarity (2020) hace poco en Twitter que esta crisis no es el fin del mundo sino el fin de un mundo. Lo que se acaba (se acabó hace tiempo y no terminamos de aceptar su fallecimiento) es el mundo de las certezas absolutas, el de los seres invulnerables y el de la autosuficiencia.

Son todas estas escenas de una debacle que interpelan a una humanidad virtual, personas que quizás morirán, o quién sabe si no estaban ya muertas en vida. Son los viejos de la sociedad, los confinados a casas de reposo, a “senior suites”, a espacios donde son atendidos por extraños en una lotería que tiene un rango amplio, desde el psicópata hasta la enfermera compasiva. Quién iba a pensar que el número de lágrimas que derramaríamos en un futuro dependería de la oferta de ventiladores mecánicos que tuviera un país. Una metáfora propia de tiempos de asfixia, donde el coronavirus, que está hace más de 3000 años en el planeta, pareciera recordarle al ser humano que se estaba ahogando mucho antes que ocurriera la más reciente mutación del virus.

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