MÁS ALLÁ DEL MALESTAR EN LA CULTURA

APSAN, es una asociación que agrupa a psicólogos y psiquiatras de formación psicoanalítica, perteneciente a la Asociación Psicoanalítica Internacional, API. En nuestro trabajo nos toca escuchar distintos relatos del acontecer de la vida de los pacientes. A pesar de una gran variedad de motivos de consulta de las personas que asistimos y de la diversidad idiosincrática de sus necesidades de ayuda, la mayoría de lo conversado estos días se ha focalizado en el estallido social que estamos viviendo.

Nosotros, como psicoanalistas, intentamos identificar las motivaciones inconscientes que se encuentran detrás de lo que nos comunican nuestros pacientes con el objeto de generar una comprensión, no sólo de la experiencia que ellos traen, sino también, la de nosotros mismos en el encuentro con ellos y de lo que surge allí en la interacción entre ambos.

Mediante nuestro trabajo buscamos generar las condiciones favorables para que cada persona que nos consulta encuentre un espacio donde pueda expresar confiadamente su mundo interior y explorar sus maneras de vincularse, es decir, un espacio de intimidad compartida, en el cual se facilite reconocer pensamientos ligados a sus afectos y observar como estos determinan nuestro comportamiento. Este ejercicio, al que comprometemos cientos de horas de nuestras vidas como profesionales, nos ubica en un lugar en que nuestra mente y cuerpo actúa como caja de resonancia de las vivencias de nuestros pacientes.

Podemos afirmar que en estos días de convulsión social, esta resonancia se ve especialmente capturada por un profundo malestar social. Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, tiene, entre muchos de sus escritos, uno que se llama “El malestar en la cultura” (1929). En estos días, este texto parece estar golpeando con fuerza la puerta de cada una de nuestras consultas. Al constatar esto, nos sentimos interpelados no sólo a pensar en lo que le ocurre a cada una de las personas que como pacientes llegan a nuestra consulta, sino también a ofrecer un pensamiento que hable de manera comprensible acerca de lo que está ocurriendo en nuestra sociedad.

Es un hecho observable, que cuando se producen estallidos sociales, las distintas visiones del conflicto se tienden fácilmente a polarizar. Ello explica, al menos parcialmente, la violencia con que las distintas partes se defienden y atacan, situación que, cuando se extrema, termina por romper el diálogo y la posibilidad de pensar en conjunto.

Como psicoanalistas estamos muy conscientes de lo importante que es sostener el reconocimiento de las diferencias de percepción sin que ello altere el grado de confianza que el vínculo con el paciente requiere para seguir trabajando colaborativamente. Creemos importante resaltar este punto, porque al tratar con diversas personas, como terapeutas en estos momentos hemos sido especialmente desafiados en esa tarea y cuando ese lazo de confianza se resiente o se rompe, intentamos desplegar todos los recursos que estén a nuestro alcance (incluidos los del paciente) para restablecer la confianza perdida. En el campo de lo social, esta ruptura equivaldría a que se reconozcan como realidad solo algunas de las percepciones y experiencias que están en juego en la comprensión de los acontecimientos sociales, ciertas ideas se convierten en convicciones inamovibles y otras en falsedades absolutas.

Freud (1929) planteaba a través de su ensayo “El malestar en la Cultura” que las pulsiones de los seres humanos están reguladas por las restricciones que establece la cultura y la estructura superyoica que, implícita o explicítamente, impone esta misma. Sabemos que la cultura no es estática, por tanto, del grupo de restricciones y de las satisfacciones que parece haber identificado Freud en su época, es posible que en la actualidad algunas permanezcan, otras hayan sido modificadas y otras hayan simplemente desaparecido. Varios autores describen estos cambios planteando un nuevo sujeto postmoderno que acude a nuestras consultas. Ellos plantean que la cultura de hoy día podría ser descrita como en un constante desarrollo vertiginoso de un tipo de conocimientos especialmente ligados a nuevas tecnologías lo que implica rapidez y complejidad en los cambios. La globalización se impone por sobre las diferencias, pero el acceso a esta globalización es desigual entre los hemisferios, entre países vecinos y entre sectores de la población de un mismo país. Por otra parte, con la masificación de la internet y por tanto de los medios de comunicación, pareciera que el chat reemplazó al barrio o la plaza. Las formas de organización social valoran las democracias, aunque en muchos casos pareciera ser más formal que real. La cultura ha tomado distancia de las religiones en occidente y ya no son un referente moral. Hay crisis de las utopías y un predominio de un sistema preocupado del crecimiento económico con muy poco miramiento por otros valores como la solidaridad y la igualdad de oportunidades, en el cual casi todo se mueve y regula por el mercado: el mercado gobierna y los gobiernos administran. Se incrementan las expectativas y demandas de la gente y en muchos países los gobernantes y las élites son incapaces a responder a ellas.  Producto de este nuevo orden se produciría una triple enajenación: de la naturaleza, de las estructuras sociales, y del hombre consigo mismo. Así las cosas, sería razonable plantear que cuando no se tiene conciencia o no se perciben los cambios sociales que obligan a establecer nuevas formas de regulación cultural, efectivamente se puede terminar en abusos de poder u otros de cualquier naturaleza redundando en una acumulación de frustración, rabia, sentimientos depresivos, finalmente: incubando violencia. Cuando en la sociedad se está hablando de un “nuevo contrato social”, expresado en una nueva constitución, se podría leer como un intento de construir una nueva “alianza” más acorde a las necesidades sociales actuales.

El conocimiento sensible, donde se encuentra el afecto y el intelecto, nos ayuda a leer en las manifestaciones signos que guíen posibles elaboraciones. Las manifestaciones de ira, especialmente en contra de los íconos del “progreso” - el metro u otros edificios como Enel, que podrían representar un progreso que no es compartido- nos orienta a pensar que hubo una toma de conciencia de distintas situaciones que se sintieron abusivas; esa vivencia silenciosa del abuso trajo una respuesta más generalizada y explícita por parte de una mayoría y también de una minoría que expresa su ira a través de violencia  física.

 En presencia de estas manifestaciones, como sociedad y como personas, todos debiéramos vernos obligados a revisar nuestra participación o colusión con estas formas de abuso. Desde nuestro lugar de trabajo, el íntimo, con nuestros pacientes podemos ayudar en el proceso de consciencia individual y también colectivo de nuestras propias estructuras abusivas. El reconocimiento y límite al abuso, el reconocimiento y límite a la violencia es algo que es imprescindible para nuestro desarrollo como humanos y como humanidad.  Desde nuestro lugar también debemos redoblar nuestros esfuerzos para no "imponer" nuestro punto de vista y no replicar así una situación de abuso.

Desde el conocimiento afectivo y sensible, que incluye también los signos de la naturaleza como poética expresiva, aparece hace un par de años Chile incendiándose, literalmente, con sectores extensos de nuestra tierra reducidos a cenizas. El calentamiento global y su expresión del abuso sobre la tierra, es otra señal más que nuestro modo de convivencia requiere ser revisado.

 Desde la destrucción, de la cual somos testigos como analistas y como personas, condenamos enfáticamente todo tipo de violencia y llamamos a abrirnos al diálogo, a la escucha, a no radicalizar posiciones y buscar soluciones tendientes a disminuir el malestar nacional.

APSAN




Asociación Psicoanalítica de Santiago es una corporación sin fines de lucro, cuyo objetivo es el estudio y desarrollo del Psicoanálisis y la Psicoterapia Psicoanalítica. 

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