Mi homenaje a Hugo Bleichmar - Juan Pablo Jiménez

Vivir en la interfaz para no quedar atrapado en mundos fragmentarios

(Hugo Bleichmar)


Estos últimos días me he preguntado qué fue aquello que me hermanó tanto con Hugo en lo personal y en lo académico, considerando que nuestra relación profesional y nuestra amistad no tiene más de 20 años. Fue un encuentro de la madurez. El encuentro con Hugo no fue sólo personal, pues lo “descubrimos” con un grupo de psicoanalistas con los que trabajo desde hace 30 años enseñando psicoterapia dinámica a jóvenes terapeutas y atendiendo pacientes a aranceles reducidos. Les pedí a mis compañeros que compartieran conmigo el impacto que Hugo tuvo en ellos. Lo que sigue es un breve relato de esas impresiones.


En el pequeño grupo de psicoanalistas que nos reunimos a principios de los noventa del siglo pasado para fundar la Corporación de Salud Mental Salvador, empezamos a conocer a Hugo Bleichmar a través de sus escritos. Fue tal el interés que despertó en nosotros su pensamiento que el año 2004 invitamos a Hugo y Emilce a Chile. En esa ocasión estuvimos un día entero conversando e intercambiando ideas sobre el presente y el futuro del psicoanálisis. Les contamos lo que hacíamos, nuestra visión del psicoanálisis, de la clínica y de la teoría, compartimos con ellos sobre nuestra búsqueda de un estilo propio de trabajar con los pacientes. Hugo nos habló de su trayectoria, de la evolución de sus ideas, de su primer interés por las ciencias naturales y la biología, de su fascinación por Freud y el psicoanálisis, su acercamiento y posterior alejamiento de Lacan, la influencia de Chomsky en su modelo modular de la mente. En esa ocasión todo el grupo tuvo la impresión de que Hugo tenía una especial transparencia en su manera de pensar y de comunicar su visión de la clínica y de la relación con las teorías. Creo que eso fue lo que nos fascinó. Una forma especialmente generosa de conversar, donde mostraba genuino interés por el diálogo, y donde disfrutaba tejer con nosotros el intercambio intelectual, con un estilo para nada intimidante. Nuestro grupo había sido formado en un psicoanálisis kleiniano bastante estricto y muy aislado en sus concepciones teóricas y técnicas. El “esto no es psicoanálisis” era un mandato que sentíamos nos impedía abrirnos a la interdisciplina, al contacto con otras maneras de acercarnos al conocimiento de la mente. Con dificultad buscábamos una mayor libertad para pensar lo que hacíamos. En Hugo encontramos un mentor en nuestra búsqueda. Por cierto, no es casualidad que la revista que fundó llevara el título de “aperturas”. Nos iluminó la relación que Hugo tenía con las teorías: una distancia precisa para poder usarlas, tanto para pensar en el paciente como para proponer un sistema propio, integrador de otros enfoques teóricos. Nos ayudó a quitarnos el prejuicio (no solo kleiniano) de que lo “cognitivo” tenía menos valor que lo psicoanalítico. Nos atrajo su estilo de científico riguroso y de clínico cercano. Fue la primera vez que escuchamos hablar de las diferentes formas de existir del inconsciente, idea que encontramos clave para el desarrollo del psicoanálisis y que da asidero teórico al tratamiento psicoterapéutico de pacientes deprimidos que llegan desvitalizados y que requieren de un terapeuta especialmente activo, vitalizador y no sólo “interpetador”. Pero quizás lo que más nos sirvió fue observar y emular su capacidad de operacionalizar clínicamente los conceptos teóricos psicoanalíticos, de explicar conceptos difíciles con palabras sencillas.


Después de ese encuentro en Santiago, viajamos con Hugo y Emilce a Reñaca, en Viña del Mar, donde lo habíamos invitado a participar en el Congreso de Psicoterapia, evento anual que organizamos desde fines de los noventa con el capítulo chileno de la Society for Psychotherapy Research y el Comité de Psicoterapia de la Sociedad Chilena de Neurología y Psiquiatría. En ese congreso, alrededor de doscientos psicoterapeutas jóvenes, psiquiatras y psicólogos, se encuentran con clínicos expertos y científicos de trayectoria. Hugo nos expuso sus ideas y lo vimos “en acción”, supervisando, junto a Jessica Benjamin, un material clínico de uno de nuestros alumnos. En ese evento se presentaron muchos trabajos clínicos y teóricos. Recuerdo que Hugo y Emilce no tuvieron reparos en criticar muy directamente, aun cuando siempre de manera dialogante, a una presentadora lacaniana que parecía hacer caso omiso de la investigación en relación temprana madre-bebé y en apego. (Se notó que tenían poca paciencia con los lacanianos). En ese congreso en Reñaca, uno de los miembros psicoanalistas más jóvenes de nuestro grupo supervisió un material delante de una gran audiencia. Él nos contó que Hugo le dijo cosas tan buenas que sintió pudor (no estaba acostumbrado a supervisiones tan apoyadoras). Ese mismo material lo presentó después en nuestra asociación psicoanalítica y analistas kleinianas se lo destruyeron; esa experiencia contradictoria lo paralizó. Ese era precisamente el tipo de atrapamiento del que buscábamos liberarnos, Hugo invitaba a una libertad frente las teorías y orientaciones que permitía seguir pensando sin sentirse amenazado. No sé como habrá sido Hugo en su juventud, pero nos tocó conocerlo en un momento en que no descalificaba en las discusiones, más bien daba la impresión de que no quería perder el tiempo en eso, que lo que le fascinaba era encontrar ideas nuevas. Fue un buen aprendizaje para nosotros.


Eso de que no quería perder el tiempo en controversias inútiles lo comprobé el día entero que paseamos por las calles de Valparaíso contándonos nuestras vidas. Encontramos paralelismos. Me contó de su militancia en política de izquierda en la juventud, de sus ideas progresistas, de su ruptura con la institución psicoanalítica y la IPA, de su posterior exilio itinerante hasta instalarse en Madrid. En esa época yo sentía que mi propia pertenencia a la institución psicoanalítica era como un corsé que por momentos se me hacía difícil de sobrellevar. Me advirtió que siguiera adentro, que ellos lamentaban haberse retirado durante tantos años; que, a pesar de todo, el diálogo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional era importante y nutritivo y permitía encontrar interlocutores inteligentes. En esa caminata por Valparaíso lo sentí acogedor, interesado, generoso, ofreciéndome su amistad.


(Cuando me enteré de la muerte de Hugo, llamé a Emilce y le dije que sentía mucho no poder seguir con nuestras conversaciones, que la relación con él me dejó con gusto a poco. Ella me respondió escueta: te imaginarás lo que yo siento… A fines del 2019 tuvimos una larga conversación telefónica sobre el efecto psicológico de la situación sociopolítica chilena, el “estallido social” de octubre y sobre las posibles razones de por qué las mujeres chilenas se deprimían 5 veces más que los hombres y no 2 veces más, como es en el resto del mundo. Hablamos de su teoría de la patogénesis de la depresión y su aplicación a la psicopatología social. En esa conversación le pedí que escribiera el prólogo de la traducción de la segunda edición inglesa del libro de psicoanálisis de Thomä y Kächele que yo acababa de terminar, tarea que aceptó gustoso y que no alcanzó a completar. Espero que lo haga Emilce).


Con Hugo compartimos un sentimiento de marginalidad, que nos permitía mirar el psicoanálisis desde la interfaz con las demás ciencias y disciplinas de la mente. Cuando yo tenía apenas 21 años y estudiaba filosofía y teología, me topé con Karl Rahner, gran teólogo alemán del siglo veinte. En uno de sus escritos leí que las ciencias y disciplinas progresan en la interfaz con las ciencias y disciplinas vecinas, en las Grenzfragen, en las preguntas fronterizas. Esta frase ha orientado toda mi vida intelectual. Me hermané con Hugo al descubrir nuestra mutua fascinación por el pensamiento desde los bordes. Entendí también mi ambivalencia frente a una institución psicoanalítica que presiona (por lo menos esa a sido mi experiencia) por llevarnos al pensar conocido y… adocenado.


Posteriormente, siendo yo presidente de la Federación Psicoanalítica de América Latina (Fepal), nos visitó el 2008 durante el congreso de Fepal, donde dos colegas de la Corporación Salvador tuvieron la oportunidad de entrevistarlo para la revista institucional. Algunos años después me invitó a dictar un seminario en Madrid sobre investigación en psicoterapia y clínica psicoterapéutica. En todas estas oportunidades confirmé las primeras impresiones y pude disfrutar de largas y fructíferas conversaciones con Emilce y Hugo, en la intimidad de su hogar. Me siento privilegiado y agradecido de haber compartido trayectos de mi vida con Hugo Bleichmar.


Juan Pablo Jiménez

Santiago, 26 de abril de 2020



Asociación Psicoanalítica de Santiago es una corporación sin fines de lucro, cuyo objetivo es el estudio y desarrollo del Psicoanálisis y la Psicoterapia Psicoanalítica. 

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