Re-encuentro con Diván

Quince meses han pasado desde nuestra forzosa separación. Entro, miro a mi alrededor y veo a Diván ahí tendido, parece ataúd, parece sarcófago; hay menos polvo del espectado, huele a encierro, pienso: un encierro vacío. Me re-encuentro en cada uno de los objetos, que se me ofrecen como reliquias de un pasado más antiguo de lo cronometrado. Estoy y no estoy. Vivencio lo surreal. Nace en mí un sentimiento de profanación, quiero volver a mi casa, a su abrigo y protección. Es como un teatro: silencioso, misterioso, tenebroso, hasta que empieza la función...


Timbre, pasos, cuerpo, gestos, aroma. Mi persona abraza a la persona. El acontecimiento mundial parece haber allanado las diferencias, el abrazo es entre dos sobrevivientes, nada más. Momento aquel que se extingue como todo momento, tras lo cual percibo su cualidad impensada, espontánea, natural.


La persona se acuesta sobre Diván con la misma soltura con que seguramente ese día sacó ropa de su closet y se la puso, con la propiedad y confianza de dos viejos conocidos. Me imagino que Diván no se llevó un susto con quien, sin preguntar, lo vino a despertar, pero luego de un sueño tan largo y profundo sin duda algo desorientado debió estar. Relájate le digo, yo te cubro la espalda. Lo percibo intimidado y también esquivo, como un niño quien sin previo aviso se re-encuentra con sus padres tras un insolente tiempo des-aparecidos sin haberse despedido.


No pasan más de dos o tres sesiones y ya nos encontramos entre manos con abundante material. La persona ha declarado estar enamorada de mí, sentimiento que creía superado, pero que tras nuestro re-encuentro se avivó con fuerza, a tal punto que la persona duda poder gobernarse. En sueños su amor y pasión la humedecen y revuelcan cual tsunami.


Qué le hiciste le pregunto a Diván. ¡Te volviste loco!, me responde, ¡yo soy un mueble no más! Pero después de pensarlo mejor agrega: claro que soy tú mueble, soy tú, es decir la persona se acuesta sobre ti, en ti, contigo.


Déjame contarte, dice Diván, que las declaraciones que la persona hizo tuvieron en mí el efecto de una inyección de adrenalina directa al corazón, que volvió a latir después de un buen tiempo, y desde entonces he vuelto a sentir que todo aquí fluye como antes, que se ha re-vuelto dinámico. Te entiendo, le digo a Diván, y le comento que yo lo sentí como el grito de un recién nacido.


Ok, ok, me dice Diván, pero volvamos al trabajo. La pregunta sigue abierta y ahora te la hago yo a ti: ¿qué le hiciste?


Sabes, le respondo a Diván, en todo momento me he sentido manteniendo una actitud profesional. Lo sé, replica él, pero en todos los años de tratamiento de esta persona yo nunca te había visto abrazarla, y además me dio la impresión de que a la persona la abrazaste NO como su analista, sino que como alguien implicado personalmente en el susodicho re-encuentro, lo cual se presta para confusión, ¡como si los fenómenos que aquí se despliegan no fueran confusión suficiente para los pacientes y trabajo elaborativo más que suficiente para nosotros y ellos!


Touché le respondo a Diván, ahí está “la madre del cordero”, le “diste en el clavo”, ahora lo veo: histeria, conversión, CUERPO, Salpetriere, Charcot, hipnosis, Freud, tu archi-tatarabuelo Diván Freudiano I, regresión, transferencia, teoría traumática, teoría de la seducción...


Buena Diván, pucha que me ayudas, revisitar ese abrazo y su a posteriori re-significación ha iluminado mi comprensión sobre lo que le puede estar pasando a esta persona tras nuestro FíSICO re-encuentro. Pienso que ambas teorías freudianas no son excluyentes, YO la abracé, ella fantaseó, es que la pulsión no admite excepción, en estos casos siempre está al asecho, pronta a investir libidinalmente al objeto para luego hacer con él lo que se le antoja, y si no puede hacerlo en la realidad-objetiva-externa, soñar (el trabajo del sueño) es una regia vía para la tramitación de toda esa energía que no pudo ser materialmente ligada al objeto, y para hacer con él lo que quiera o pueda, en un intento de “solución de compromiso”. El deseo sin objeto no tiene objeto. En la ausencia de satisfacción a través del objeto físico (frustración de la acción específica debido a mi abstinencia), el objeto fantaseado/alucinado brinda una posibilidad de satisfacción sustitutiva (siempre débil y efímera).


Freud no sacó Lo inconsciente del sombrero, siempre estuvo ahí, pululando entre humanos. El oficio psicoanalítico, eso sí es su invención. Su materia: ¿el retorno de lo reprimido en sus variadas formas? Su propósito: ¿hacer consciente lo inconsciente?, ¿vacunarnos contra nuestra compulsión a la repetición?, ¿la integración en nuestra personalidad de nuestros aspectos eróticos y tanáticos?, ¿el re-cogimiento de nuestras proyecciones?, ¿el reconocimiento de nuestra naturaleza castrada?, ¿el desarrollo de la capacidad de aceptar la posición depresiva sin arrancar maniacamente de ella?, ¿el desarrollo de una función analítica capaz de llevarnos por el camino de la creatividad sublimatoria?


Estoy cansado, dice Diván, hace meses que no trabajaba, recuerda que estoy en rodaje y te alargaste con tus digresiones, estamos en la hora, se nota que no estabas muerto, “andabas de tele-trabajo”, pero “otra cosa es con Diván”, ¿no te parece?, ¡hasta la próxima!


¡No le pongas color Diván!, ¿no que eras un mueble no más?


Anda a descansar tú también, me indica Diván, mira que estás como Alicia en el país de las maravillas, ¡hablando con las cosas!, ¿qué clase de loco pensarán que eres los lectores de este boletín?








Tomás Charlín Fernández

Psiquiatra psicoanalista

Miembro adherente APSAN



162 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

ZOOM