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Sentimental Value: Entre el cuerpo y la palabra

Actualizado: 7 may


Josefa Novoa, psicóloga.

Analista en formación, APSAN.


Sentimental Value es una película de 2025 dirigida por Joachim Trier, ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional. Sigue la historia de las hermanas Nora y Agnes quienes se reúnen con su padre Gustav, un director de cine de renombre, tras la muerte de su madre. El padre le ofrece a Nora, actriz de teatro, un papel en su próxima película pero ella lo rechaza. 

La película se instala en un territorio íntimo y silencioso, donde el conflicto no se despliega tanto en los hechos como en sus resonancias. Más que narrar una historia familiar, la película parece habitarla, mostrando cómo el pasado insiste en el presente no necesariamente como recuerdo, sino como marca.

En este sentido, uno de los ejes más potentes del film es la tensión entre dos modos de relación con la experiencia traumática: su inscripción en el cuerpo —como afecto, como síntoma, como repetición— y la posibilidad de su simbolización a través de la narrativa. Tal como han señalado algunas críticas, los movimientos emocionales más significativos de la película no ocurren en lo explícito, sino en lo no dicho, en aquello que circula en los gestos, en las miradas, en las distancias entre los personajes.



La historia se desarrolla principalmente en la casa familiar, lugar que actúa como centro gravitacional del relato y que ha sido testigo silencioso de generaciones de la familia Borg. Aquí, la casa adquiere un lugar central. Más que un escenario, funciona como un verdadero depósito de memoria afectiva, un espacio donde lo no elaborado se conserva y se reactiva. La casa no recuerda en el sentido narrativo; más bien, hace recordar en el cuerpo. En ella, los personajes no solo evocan el pasado, sino que lo vuelven a vivir, recuperando posiciones y vínculos que parecen preexistirles. Como si el espacio mismo sostuviera un guión inconsciente que insiste en ser representado.

La figura del padre —un hombre complejo y fracturado— no ha conseguido permanecer en los vínculos. Vuelve una y otra vez a los refugios narcisistas que le han permitido disfrazar la fragilidad perturbadora que asoma en su mirada e intenta torpemente recuperar el vínculo con sus hijas a través de un proyecto artístico. Su gesto podría leerse como un intento de elaboración: transformar la experiencia en relato, darle forma, volverla comunicable. Sin embargo, la película no se apresura en validar esta operación. Por el contrario, abre una pregunta inquietante: ¿hasta qué punto el arte simboliza, y en qué momento corre el riesgo de transformarse en una nueva forma de apropiación o de repetición? 

Desde esta perspectiva, lo intergeneracional no aparece como una simple transmisión de contenidos, sino como una transmisión de formas: modos de callar, de acercarse, de sostener —o no— el dolor. Lo que no ha sido simbolizado en una generación no se pierde, sino que retorna en la siguiente bajo la forma de una experiencia que no logra ser plenamente pensada.

En este punto, la película dialoga con una intuición profundamente psicoanalítica: aquello que no se simboliza tiende a repetirse. Sin embargo, Sentimental Value no propone una salida redentora. Si bien la narrativa —ya sea en el arte o en el encuentro con otro— aparece como una posible vía de transformación, ésta se muestra siempre parcial, frágil, inacabada. La simbolización no borra la marca, pero puede modificar su destino.

Quizás ahí radica la potencia de la película: en no ofrecer una resolución, sino en sostener la tensión. Entre el cuerpo que recuerda sin saber y la palabra que intenta, siempre de manera incompleta, hacer de esa experiencia una historia.


 
 
APSAN
Asociación Psicoanalítica de Santiago
  

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