Utopía de un re-encuentro.


La utopía, pero como dice Pablo Oyarzún, refiriéndose a la obra de Paul Celán: “no la u-topía como deseosa representación del lugar ausente por irrealizable, sino como actualidad, es decir como meridianidad, del lugar imposible... Que no es acaso la luz forzada, la libre luz, la que sabe de la sombra, que sabe del sentido como lo irrecuperable, lo arrasado y también por eso mismo, lo posible bajo la condición desoladora del No. Y lo absurdo, lo discordante, lo ajeno” [i].


El encuentro posterior a la pandemia es un rencuentro de a pedazos. La cercanía con la muerte nos toca y nos transforma. Han sido dos años de cercanía al dolor en sus diversas formas. Dolor de la pérdida de seres queridos, de la falta de contacto con otros, de privaciones en el trabajo, de restricciones en las libertades, etc. Todo al límite de la precariedad que desnuda nuestra fragilidad como personas y como sociedad.

Este mismo autor habla, refiriéndose al encuentro y la data, del impacto de Fechar y dar testimonio de un acontecimiento que da cuenta de la herida. Dice: “Con la herida que data, la data se da realidad” Así, a la luz de la herida podemos dar cuenta de un acontecimiento que solo puede ser significado posteriormente.


El reencuentro después de la pandemia incluye entonces ese abismo que deja la herida; lo arrasado y la ajenidad de una experiencia que tomará tiempo en ser elaborada. Con el grito de la herida, dando cuenta de los aspectos que no se elaboran, pero también con la posibilidad que nace justamente de ésta, de ese no ser, que implica el proceso de la transformación.


En estos meses de trabajo que incluyen la presencia y la ausencia; trabajando a través de la tele, de la pantalla, hay elementos que dan cuenta de ese artificial contacto humano. Trabajamos a través de un instrumento técnico: la cámara. Una prótesis que facilita el encuentro, que permite que nos veamos, que recreemos el ambiente de nuestro trabajo, pero, que, a la vez, testifica y se introduce en nuestros encuentros como lo hace la técnica y la mecánica, que ya es parte de nosotros, como una prolongación ortopédica que a ratos molesta y en otros momentos alivia por que nos permite seguir adelante. Nos dificulta mirarnos a los ojos, ahora miramos a través del lente del computador que tiene estandariza la mirada, define la luz, la obturación, la distancia y nos muestra la descomposición pixelada del otro. La escucha también toma la prótesis del micrófono, de la lectura de sus ondas sonoras. Estos mecanismos reemplazan la sensorialidad del cuerpo: de nuestros ojos y nuestros oídos, la presencia corpórea y encarnada del otro. A ratos nos olvidamos y seguimos con nuestro encuentro, como se sigue con un artefacto después de una lesión; la hacemos nuestra. La técnica, ni buena ni mala, ya está incorporada, ya es parte de quienes somos, da testimonio de nuestro ser y no ser.


El encuentro, posterior a la data, al ‘acontecimiento’, toma la forma de un duelo: por las pérdidas humanas y también de nuestra humanidad. Si bien, la técnica y el artefacto nos facilita la vida, nos permite comunicarnos con los que están lejos, ahorrarnos los desplazamientos, algo se muere con ello. Con la pandemia, el cuerpo, al haberse encarnado en ella, entra en conflicto con la prótesis y siente esa muerte a través de su huella.


Hace unos días, una persona que veo presencialmente me habla con la mascarilla, no se atreve a sacársela por el temor al contagio, la enfermedad. Mientras me habla, veo su respiración, el movimiento de la mascarilla que transpira y la hendidura de su boca dibujada. Es lo mas parecido al horror de la muerte, al grito de Munch, a la angustia que se expresa y nos oculta el rostro. Deleuze cuando habla de la imagen afección plantea que, en el cine, la emoción se expresa en el rostro. La pantalla cuando habla de la emoción lo hace desde el primer plano, con el rostro como su expresión, tal cual nos hablan la mayoría de nuestros pacientes cuando tenemos sesiones telemáticas, raramente enfocan sus manos, su vientre, sus pies o rodillas, nos hablan desde el rostro, desde la emoción, una emoción ahora mediatizada. En estos dos años, sólo vemos el rostro descubierto a través de la pantalla, como en el cine. Esto me hace pensar que vemos con la distancia y la mediación de la técnica como testimonio de una presencia al menos por ahora ineludible. Cuando nos vemos en presencia, salvo a los que están muy próximos, nos vemos con el rostro oculto. De hecho, para poder identificar a un testigo, la policía solo permite el reconocimiento cuando hay tres cuartos de la cara descubierta, no es posible validar el reconocimiento con mascarilla. El rostro, como la expresión del afecto queda medio oculto, o mediado por la prótesis. El reconocimiento del otro, el afecto del otro se ve de a pedazos. Queda aún más por incorporar el cuerpo, su uso, a una nueva forma de relación, no sólo explícitamente mediada por la técnica, sino también por una nueva coreografía social. El cuerpo como peligro, como trasmisor de la plaga, requiere ser controlado, ajenizado e higienizado. El uso del cuerpo: en su intimidad, en el contacto, queda capturado por la necesidad social –por el control social– desmaterializado. Desde el ‘acontecimiento’: la herida, aún titubeamos. Intentamos encontrarnos a pesar de nuestras torpezas, límites, medianamente desmaterializados por medio del uso intermitente de nuestras prótesis, y regulados. Una utopía de encuentro, que desde el abismo, desde la imposibilidad, desde la experiencia de la muerte, genera un, “aun no”, que abre una posibilidad nueva.


La expansión de la digitalización impulsada y explosionada por la pandemia abre lo nuevo, con el duelo de la estandarización de la emoción y con la emoción de lo que se abre, respecto de posibles nuevas formas y tipos de encuentros aun desconocidos. Se eliminan las distancias, los tiempos se independizan explícitamente de la espacialidad del cuerpo, también podrían cambiar otros aspectos de nuestra experiencia con el avance de la técnica. La huella en el cuerpo se fragiliza, ahora lo hace la emoción en el rostro. Quedan los retazos del cuerpo como vestigios en el tiempo, un cuerpo que está conflictuado, herido.


[i] Pablo Oyarzún “Entre Celán y Heidegger” p. 46, Ed. Metales Pesados, 2013.









Ps. Claudia Balbontín

Psicoanalista Apsan





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