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Frankenstein y la grieta del deseo femenino

Actualizado: 9 ene

Bernardita Santibáñez Tagle.

Psicóloga UDP.






La película abre en un mundo completamente masculino: marineros, exploradores y hombres que se narran a sí mismos como héroes. En ese escenario emerge un conflicto edípico claro: un padre omnipotente, una madre borrada y un hijo atrapado entre la culpa y la necesidad de superar al progenitor. Todo parece anunciar un relato donde las mujeres serán accesorias, tal como describe Gayle Rubin en la economía política del sexo: figuras destinadas al intercambio, a la unión y al sostén del linaje.


Pero la lectura de Guillermo del Toro introduce un quiebre. Elizabeth, el personaje de Mia Goth interrumpe esa lógica. Su deseo no se dirige al poder ni al heredero legítimo, sino hacia lo monstruoso, hacia aquello que queda fuera del orden del padre: primero un hijo vulnerable y finalmente la Criatura, un ser sin apellido ni inscripción simbólica. Desde una mirada psicoanalítica feminista, este gesto es profundamente disruptivo. Elizabeth no encarna el rol pasivo del intercambio su deseo se desplaza hacia lo que el patriarcado intenta excluir. Así, lo “monstruoso” deja de ser solo la Criatura y pasa a ser todo lo que desborda la ley del padre.



En ese movimiento, Frankenstein se vuelve también una historia sobre cómo lo femenino puede encontrar grietas para desmarcarse del orden que la define, y cómo el deseo de las mujeres, lejos de ser un reflejo del deseo masculino, puede orientarse hacia lo que el sistema no espera ni controla. Un gesto que dialoga con lo contemporáneo: mujeres que hoy afirman un deseo autónomo, no regulado, que se dirige precisamente hacia aquello que el orden patriarcal buscó excluir del horizonte de lo pensable.


 
 
APSAN
Asociación Psicoanalítica de Santiago
  

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