“Lo único permanente es el cambio”

Estas palabras fueron deslizadas hace unos días por el ex presidente de Uruguay, Pepe Mujica, en un emotivo discurso pronunciado en el congreso, con motivo de su retiro de la política.

Como psicoanalistas, sabemos la importancia de cambiar, de la capacidad de adaptarnos, de transformarnos y conocemos el riesgo inherente en no hacerlo.

“Chile despertó!” repetían los titulares hace poco más de un año, dando cuenta que nos estaba ocurriendo algo. Los ciudadanos en su conjunto, después de décadas de letargo, aceptación y algo de desesperanza, de pronto comenzamos a salir de nuestra modorra, al son del ritmo propuesto por un grupo de adolescentes.

“No fueron treinta pesos, sino treinta años”, a lo cual varios han agregado que, en realidad, es necesario revisar los doscientos diez años de vida independiente de Chile para empezar a entender dónde ser perdió el rumbo y qué hay que enmendar. Lo que está claro, es que no es una opción volver a lo de antes y tenemos en frente un largo período de concretar cambios.

Y de cambios se ha tratado el último año. Cambios en nuestras rutinas cotidianas, interrumpidas por manifestaciones espontáneas y organizadas en nuestras calles. Cambio en las normas que nos rigen – volvimos a oír y vivir “estados de sitio”, “estados de excepción”, “toque de queda”. Mientras tanto, el pueblo clamaba el derecho a vivir en paz y sostenía que lucharía hasta que la dignidad se haga costumbre. Cambió nuestra percepción del país y sus estadísticas y, en un acuerdo transversal como pocos, acordamos preguntarnos si sería necesario cambiar la constitución para poder construir un país mejor, más plural de voces y experiencias.

Pasada la primavera y verano del despertar, llegó el otoño y, con él, la pandemia. Una amenaza sanitaria que nos invitó a cuidarnos, para cuidar a otros. De la sugerencia de “quédate en casa” a la obligatoriedad de las cuarentenas, los permisos para salir, las prohibiesen impuestas. Tuvimos que adaptarnos radicalmente a un tipo de vida muy distinta.

Con la crisis sanitaria, emergieron con más fuerza las realidades denunciadas durante el estallido social. Los hospitales a los cuales acceden la gran mayoría no darían a basto, no habrían suficiente respiradores ni especialista para todos, las condiciones de vida en la mayoría de los barrios del país, no permitían seguir las indicaciones mínimas de cuidado. ¿Cómo me lavo las manos con frecuencia si no tengo agua potable? Volvieron a aparecer la ollas comunes que nos recordaron que no todos los compatriotas tienen asegurado un plato de comida.

Muchos migramos al teletrabajo y a la tele escuela, pero emergió la realidad de los miles de chilenos sin acceso a internet ni tecnología.

Esta realidad no era nueva, pero operaba quizás como lo que llamamos “sabido no pensado” o, derechamente, como lo que queda disociado. En estos meses, esta realidad develada, adquiere estatuto de realidad, ahora innegable.

El día del plebiscito, durante el conteo que votos y la visualización brutal de la agrupación en el barrio oriente del triunfo del rechazo, mi hija de 13 años me dice “no entiendo por qué la gente que tiene todo, no votó para que el resto de las personas pudieran tener lo justo”. Nuevamente, las nuevas generaciones dando lecciones de sentido común. ¿Seremos capaces de seguir escuchándolas? ¿Los psicoanalistas podemos entender y explicar los fenómenos de la conciencia, de lo que queda fuera de ella y de los mecanismos que la regulan, pero cómo podemos contribuir a promover y sostener lo necesario y saludable que es el cambio? ¿Lo sabemos profundamente? ¿Cuantas veces nos hemos resistido nosotros mismos a permitir el cambio, a dejarlo entrar, por ejemplo, en nuestras prácticas clínicas y en nuestras instituciones?

El cambio es justo y necesario. Nos lo dijeron los adolescentes y hace unos días nos lo recordó un anciano.








María José Mezzera

Psicoanalista Apsan/IARPP

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