Los degradados y el desconocido que sufre: una lectura psicoanalítica de la novela Dorayaki
- Asociación Psicoanalítica Santiago

- 27 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 9 ene
“El reconocimiento del otro es el primer acto ético del ser humano.” — Jessica Benjamin.

La novela Dorayaki (2013), de Durian Sukegawa, relata el encuentro entre Sentaro, un hombre marcado por la culpa y el fracaso, y Tokue, una anciana que carga con el estigma de la lepra. Ambos viven apartados del mundo, en los márgenes de lo visible. En la rutina de preparar dorayakis —dulces rellenos de pasta de frijoles— surge entre ellos una delicada relación que lentamente los transforma. La historia, mínima en su trama, despliega una profunda reflexión sobre el trauma, la exclusión y la posibilidad de reparación.
Desde la mirada de James Herzog, en su texto “Los degradados, excluidos, aplastados y muertos” (2005), los protagonistas encarnan a aquellos que han sido expulsados del lazo simbólico y social: los que han quedado sin voz, sin un otro que sostenga su dolor. Herzog advierte que el analista, frente a estos sujetos, debe convertirse en un “cartílago” que amortigüe el impacto del trauma, ofreciendo continuidad donde la experiencia vital se ha quebrado. Tokue realiza esa función: su ternura, su modo lento y ritual de cocinar, se vuelven una forma de acompañamiento reparador, un estar-con que restituye la dignidad del otro.
Jessica Benjamin en su libro “Los lazos de amor. Psicoanálisis, feminismo y el problema de la dominación” (1988) nos recuerda que el reconocimiento mutuo es el núcleo de toda experiencia transformadora. Lo que sana no es la interpretación, sino el encuentro donde dos subjetividades pueden mirarse y reconocerse como existentes. En Dorayaki, este reconocimiento acontece en los gestos más simples: compartir una receta, escuchar en silencio, esperar juntos. A través de ese diálogo sin palabras, emerge algo que Benjamin llamaría el tercero: un espacio psíquico común, cocinado entre ambos, donde la vergüenza y la soledad pueden volverse pensables. Ese “tercero” es lo que en el análisis también se cocina: un campo intersubjetivo donde paciente y analista amasan, con ingredientes de uno y del otro, la posibilidad de sentido.
En sintonía, Donna Orange, en” El desconocido que sufre” (2011), propone que la tarea ética del analista es acoger al otro que ha sido invisibilizado, sin pretensión de cura ni dominio técnico. Tokue y Sentaro son precisamente esos desconocidos que sufren: sus dolores, ignorados por la sociedad, hallan resonancia en el encuentro mutuo. La cocina se convierte así en un espacio transformador: un encuentro de dos personas traumatizadas, donde el dolor se metaboliza en compañía.Dorayaki nos recuerda que la reparación no ocurre en actos heroicos, sino en la lentitud de la experiencia emocional compartida. Allí donde dos sujetos se atreven a permanecer frente al sufrimiento del otro, algo se cocina —como en el análisis—: la posibilidad de volver a existir.
Ps. Lorena Pumarino
Psicoanalista APSAN


