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Breve reflexión sobre el espacio 

Actualizado: 9 ene


Josefa Novoa, Psicóloga.

Analista en formación, APSAN.


“Si es cierto que el ser humano, como la naturaleza, rechaza el vacío y no puede tolerar un espacio baldío, tratará de rellenarlo encontrando algo que se ajuste a ese espacio que le presenta su ignorancia. La intolerancia a la frustración, el disgusto de ser ignorante, el disgusto de tener un espacio vacío que rellenar, puede estimular un deseo precoz y prematuro de ocuparlo. Por lo tanto, uno debiera considerar que nuestras teorías —incluyendo todo lo que incumbe al psicoanálisis, la psiquiatría y la medicina— son una especie de elaboración-para-rellenar-el-espacio, no distinta en esencia a la creencia de que la alondra en el cielo es un gorrión que no puede subir ni bajar y que sí que hace ruido” (Bion, 1976).

Detenerse hoy a pensar lo que Bion intenta transmitir parece un ejercicio contraintuitivo en un mundo que nos asedia con información y nos invita, a cada instante, a rellenar los espacios baldíos. El desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha producido una abundancia tal, que no sólo nos ofrece una ilusión de conocimiento sino que, con frecuencia, supera nuestra capacidad de metabolizarlo. La creatividad y la curiosidad quedan entonces amenazadas por la lógica de la inmediatez y la disponibilidad constante de contenidos, siempre listos para ser consumidos y casi nunca para ser elaborados. Vivimos colmados de imágenes, de datos, de comida, de objetos. Colmados hasta el punto de que casi no quedan espacios ni grietas por donde pueda asomar la ignorancia —esa ignorancia fértil— de la cual brotan la curiosidad y el deseo.


Sin embargo, pocas fuerzas parecen tan vivas como la curiosidad: esa pulsión primaria que nos empuja no sólo a aplacar el hambre, sino también a mirar, conocer, comprender y, sobre todo, a acercarnos a lo que se presenta oscuro ante nuestros ojos. Es esa curiosidad la que nos impulsa a dar un paso adelante, sólo para descubrir que lo que creíamos comprender resulta ser siempre algo más. Así se van deshaciendo en el camino las certezas que tan protectoras parecen. Y es precisamente el exceso de certeza lo que termina anestesiando la chispa de lo vivo.


Estar dispuestos al encuentro con el otro implica la aventura —a ratos aterrorizante— de entrar en un cuarto oscuro y tolerar no ver, al menos hasta que la pupila se adapte y permita percibir los contornos sutiles borrados por el encandilamiento inicial. Esta paradoja —la de no ver para poder conocer— exige una disposición que tensiona nuestra necesidad más básica de sentirnos seguros y resguardados. En el psicoanálisis esta paradoja se vuelve particularmente evidente: su tarea ha sido, y sigue siendo, la de alumbrar espacios que no suelen percibirse y señalar texturas que, a primera vista, pueden resultar confusas o amenazantes. Pero también ha encarnado el riesgo opuesto: el de transformarse en sistema autoritario, generador de verdades fijas que sofocan su propio impulso exploratorio.


En este punto, la observación de Bion respecto de la compulsión a la repetición —concebida no como vestigio de la pulsión de muerte, sino como chispa de curiosidad que aún no ha sido aplastada por las fuerzas autoritarias— resulta reveladora. Su lectura abre la posibilidad de pensar la historia no como un círculo que retorna idéntico, sino como una espiral: un movimiento que se repite, sí, pero que avanza, que incorpora lo nuevo, que deja espacio para la creación.


Así, lo que aún no se configura por completo, lo intermedio, lo que se resiste a adquirir forma, se vuelve significativo. Es en ese intervalo, en esa especie de penumbra psíquica, donde puede surgir lo inesperado: nuevas maneras de pensar, de sentir, de habitar la experiencia. Este espacio —siempre frágil, siempre amenazado por la saturación del mundo contemporáneo— es esencial en la práctica psicoanalítica, pero también en la vida mental en general, ya que permite que algo genuinamente distinto suceda.


Entre todas las herramientas que utilizamos para captar la experiencia, es la razón, con sus conceptos y su lógica, la que ocupa un lugar privilegiado en nuestra especie. Cumple la función de organizar y dar forma al mundo, pero también la de saturar nuestra capacidad de percibir lo indefinido. Como advertía Huxley, en una cultura fundamentalmente verbal, las personas muy instruidas encuentran casi imposible prestar atención a aquello que no se presenta bajo la forma de palabras o nociones. Tanto él como Bion —y con ellos muchos místicos y pensadores— han señalado el riesgo de apresurarse a llenar los vacíos, bordeando así la clausura temprana del pensamiento y la pérdida de la pregunta.


Quizá la tarea que hoy se vuelve urgente es la de reaprender a sostener el espacio. No sólo a tolerar el vacío, sino a reconocer en él una condición para que algo nuevo pueda emerger. Resistir la tentación de las respuestas inmediatas, permitir que la incomodidad de no saber se expanda un poco más, acoger la ignorancia como un estado transitorio y fértil: todo ello constituye una forma de cuidado del pensamiento.


En un mundo saturado de ruido y certezas prefabricadas, preservar el espacio —mental, afectivo, sensorial— es casi un acto político y, sin duda, un acto profundamente humano. Porque sólo allí, en ese intervalo que todavía no tiene nombre, puede aparecer la curiosidad: esa chispa que, según Bion, sigue resistiéndose a ser extinguida y que quizá sea, todavía, nuestro modo más vivo de mantenernos en movimiento.


Bibliografía

Bion, W. R. (1976). Turbulencia emocional. En Seminarios clínicos y cuatro textos (pp. 226–227). Buenos Aires: Lugar Editorial.


Bion, W. R. (1976). Turbulencia emocional. En Seminarios clínicos y cuatro textos (p. 227). Buenos Aires: Lugar Editorial.


Huxley, A. (2009). Las puertas de la percepción / Cielo e infierno (Trad. M. de Hernani). Barcelona: Edhasa.



 
 
APSAN
Asociación Psicoanalítica de Santiago
  

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