Entrevista a Alex Oksenberg
- Asociación Psicoanalítica Santiago

- 3 ene
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Actualizado: 9 ene
Por M. Ignacia Mardones
Psicóloga, Analista en formación APSAN

Alex, fuiste uno de los fundadores de la segunda Asociación Psicoanalítica Chilena asociada a IPA (APSAN). ¿Qué te motivó a ser parte de esta nueva asociación?
Para ser bien sincero, yo no quería que se produjera una división en dos asociaciones, ni perder la relación con mis amigos de un lado y del otro. Pero lo cierto es que APSAN necesitaba cuatro analistas didactas, y yo era uno de ellos. Y como las cosas estaban lo suficientemente mal como para negarme, terminé aliándome con el grupo de APSAN, aun a costa de perder mi título de analista didacta en la APCH.
En cuanto a mis motivaciones —o expectativas— eran básicamente dos: primero, bajar los costos de la formación para personas que no podían acceder, no por falta de interés, sino por falta de recursos; y segundo, flexibilizar un currículum que en ese momento estaba muy desbalanceado en la APCH.
Respecto a tus otras motivaciones, ¿de dónde surgió tu interés por los trastornos de personalidad y por el trabajo clínico en sexualidad? ¿Hubo algún maestro o contexto social que orientara ese camino?
Sí, definitivamente. La influencia de Otto Kernberg —que venía a Chile todos los años— fue central, tanto para mí como para muchos otros, en el interés por los trastornos de personalidad. De hecho, incluso editamos con él un libro bastante completo sobre el tema.
En cuanto a la sexualidad, después de la dictadura, y en un contexto de cierta cerrazón ideológica, ocurría que las personas homosexuales eran vilipendiadas. Además, se sabía muy poco —o nadie quería saber— sobre las diversidades sexuales. En ese marco, junto a algunos colegas —en particular Roberto Ruiz y Gabriel Duque— se nos ocurrió abrir el Centro de Sexualidad Humana, que funciona hasta el día de hoy y con bastante éxito, así que estamos muy conformes con lo que se ha logrado.
Has trabajado también con referentes como Mario Gomberoff. ¿Qué aprendizajes te dejaron esos encuentros y cómo influyeron en tu manera de concebir la clínica?
Bueno, por supuesto: la influencia de Mario Gomberoff ha sido esencial en mi formación y en el tipo de analista que soy hoy. No porque yo me parezca a él ni porque hagamos un psicoanálisis similar, sino por variables que considero fundamentales. Mario me enseñó ética; me enseñó a entrevistar con agudeza, a interpretar con valentía y también la generosidad propia de un buen analista. Nos regalaba supervisiones a mis compañeros y a mí, sin cobrar nada a cambio, excepto que nosotros aprendiéramos.
A lo largo de los años no solo han habido personas que han influido en tu trabajo sino circunstancias como la de atravesar una enfermedad ¿Qué transformaciones produjo en tu modo de ejercer la práctica analítica?
Bueno, en primer lugar, implicó transformaciones en mí mismo, porque me encontré de sopetón con un miedo que todos creemos tener superado, pero que no lo tenemos: la muerte. También tuve que atravesar un estrés postraumático en la UTI, a raíz de una enfermedad grave que le podría pasar a cualquiera. Ahora bien, ¿cómo influyó eso en mi escucha y en mi trabajo? De maneras positivas y negativas. De manera positiva, me permitió estar mucho más cerca del dolor de los pacientes, incluso de los temores a la muerte y a la enfermedad. Negativamente, influyó en que empecé a cansarme más pronto y he tenido que ir disminuyendo mi carga de trabajo.
Junto con esta experiencia y después de tantos años de clínica, ¿qué te sigue conmoviendo y sorprendiendo del encuentro con los pacientes?
Me ha conmovido el trabajo con pacientes desde el primer día que empecé. Estudié medicina para ser psiquiatra porque tenía una fascinación, desde temprana edad, por conocer los escondijos del inconsciente; esa fascinación nació por ahí por octavo básico, aunque en algún momento, durante el pregrado de medicina, se guateó un poco este interés. Después, en el servicio de Mario, se recrudeció y ha sido siempre estimulante para mí. Y no solo eso, sino que… confieso que he aprendido mucho de mis pacientes, tal vez en algunos casos más que ellos de mí. He conocido seres humanos extraordinarios, y me atrevería a decir que esa cualidad humana es la más importante cuando se juntan un analista y un analizado para que el tratamiento, o el proceso, funcione.
Desde tu experiencia, ¿cuáles dirías que son las principales fuentes del sufrimiento humano hoy?
Pucha, es una pregunta difícil; no tiene una sola respuesta. Pero yo creo que lo que más hace sufrir al ser humano es la soledad en la que se encuentra, por no poder hablar en serio con ningún otro. Al final, solo puede participar del circo de las redes y, cuando alguien pretende introducir un tema más serio, en general todo el mundo se queda callado y no lo pesca. Entonces, la gente que quiere hablar del espíritu, del alma y de lo humano se siente muy sola: esa es la epidemia de hoy.
Si Freud viviera hoy, ¿Qué temas de la actualidad mundial crees que lo inquietarían? ¿Cómo imaginas qué pensaría fenómenos como la inteligencia artificial, la hiperconectividad o la persistencia de la guerra?
Bueno, lo último no es difícil: lo escribió junto con Einstein. Tenía un gran pesimismo porque, después de su descubrimiento de la pulsión de muerte, se dio cuenta de que el ser humano tiene esa tendencia etológica de matar a otro sin ningún motivo. Ahora, respecto a fenómenos como la inteligencia artificial o la hiperconectividad, creo que habría sospechado más que nada de ellos, porque cuando apareció el cine y la radiofonía —en momentos en que él estaba vivo— no quiso grabar absolutamente nada, excepto una breve entrevista en la BBC, donde decía que era el fundador del psicoanálisis; una cosa muy chica. Y, a pesar de que se le propusieron múltiples maneras de grabar, artificial o genuinamente, una sesión analítica, nunca lo aceptó.
La neurociencia contemporánea ha profundizado en la idea de la mente encarnada; también ha explorado el sistema digestivo como “segundo cerebro” y la piel como un órgano sensible y pensante. ¿Cómo dialogan estos planteamientos con la experiencia analítica y con la comprensión psicoanalítica actual?
Yo creo que Freud miraría con interés estos descubrimientos. En parte, porque él ya había planteado que el yo es, ante todo, un yo corporal, y que las pulsiones se originan en el cuerpo y guardan una correlación directa con él. Y esto de la piel y del sistema digestivo —que puede leerse como una prolongación o una evolución de ciertas intuiciones teóricas, por ejemplo en Bion y en Didier Anzieu— también creo que le habría interesado. A mí, por lo menos, me interesan.
Finalmente, ¿Qué mensaje te gustaría transmitir a las nuevas generaciones de analistas que se inician en este oficio?
Principalmente, que sean buenos seres humanos, porque no hay un buen analista que no sea un buen ser humano. Que estén abiertos a pensar cosas nuevas y a ejercer una libertad genuina en su forma de pensar, incluso si eso va en contra del mainstream. Al final, cada uno puede ser quien es, y nada más: copiar o identificarse con pensamientos ajenos —cuando no son propios— termina siendo un error. Siento que esto, en APSAN, se ha ido logrando.
Bueno, muchas gracias por la entrevista.


