La pareja y el amor: Bienestares y malestares
- Asociación Psicoanalítica Santiago

- 27 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 9 ene
de Rodolfo Moguillansky
Por Sandra Hernández, psicóloga.
Analista en formación APSAN.

En “La pareja y el amor”, último libro de Rodolfo Moguillansky –médico y psicoanalista argentino con una extensa trayectoria en la clínica vincular– examina las configuraciones afectivas contemporáneas partiendo de una premisa central: a pesar de las transformaciones culturales y de la creciente diversidad en las formas de convivencia, el modelo moderno de pareja fundada en la libre elección y en la expectativa de un amor recíproco continúa siendo estructurante en las sociedades urbanas occidentales. Este ideal organiza tanto los proyectos subjetivos como los conflictos que emergen en el trabajo clínico y constituye el trasfondo desde el cual el autor piensa el fenómeno amoroso.
Moguillansky ha trabajado este campo desde hace décadas, convirtiéndose en uno de los referentes más influyentes en la comprensión psicoanalítica de la pareja moderna y en la formación de varias generaciones de terapeutas. Sin embargo, en esta reseña me concentro en lo que considero el punto más movedizo y sugerente del libro: su propuesta (cap. 10) de leer los “bienestares y malestares” del amor como expresiones de las tensiones estructurales que atraviesan el vínculo. En el capítulo dedicado a este eje, el autor describe la dinámica amorosa como la producción de un tercer orden relacional, el nosotros, constituido por narrativas compartidas, sistemas de expectativas, identificaciones recíprocas y escenas fantasmáticas que configuran la matriz emocional de la pareja. Para pensar este entramado, identifica cuatro movimientos o ritmos que organizan la experiencia vincular –la fusión, la seguridad, la confianza en la diferencia y los cambios que introduce la parentalidad–, ritmos que quienes trabajamos en clínica escuchamos de manera recurrente y que pueden desplegarse como bienestar o como malestar según la forma en que la pareja los transite.
La fusión inaugura el vínculo amoroso y se caracteriza por una sensación de completud, sincronía afectiva y rápida construcción de intimidad. Moguillansky subraya que este estado produce un bienestar intenso, pero también contiene el germen de futuros malestares: cualquier irrupción de la diferencia puede vivirse como fractura o desencanto. La fusión, por tanto, sostiene y a la vez vulnerabiliza.
Con el paso del tiempo, las parejas tienden a configurar un espacio de seguridad basado en hábitos, acuerdos implícitos y rutinas que generan estabilidad. Para el autor, este orden proporciona sostén psíquico, aunque su rigidez puede derivar en un empobrecimiento del encuentro. Cuando la seguridad se vuelve excesivamente estructurada, el vínculo corre el riesgo de transformarse en mera administración convivencial.
Uno de los aportes más relevantes, a mi juicio, del capítulo es la conceptualización del manejo de la diferencia. Aceptar la alteridad del otro sin convertirla en amenaza constituye un trabajo relacional complejo. Cuando este proceso se logra, la pareja alcanza un tipo de bienestar más maduro, apuntalado en la capacidad de sostener el desacuerdo sin perder la conexión. Su pérdida, en cambio, conduce a estados de sospecha, retraimiento o confrontación.
La llegada de los hijos introduce un nivel adicional de complejidad. Para Moguillansky, los hijos son simultáneamente figuras de idealización y sujetos que introducen un grado de alteridad irreductible. La manera en que la pareja logra inscribirlos como “del vínculo” –y no como prolongaciones narcisistas individuales– determina en gran medida la salud del sistema familiar. Cuando esto falla, se reactivan conflictos transgeneracionales, alianzas rígidas y modalidades alienantes del lazo.
Conclusión
El capítulo muestra que bienestar y malestar no son polos opuestos, sino expresiones complementarias de un mismo proceso vincular. La pareja transita entre ilusiones que sostienen y decepciones que transforman, entre el anhelo de unidad y el trabajo permanente de la diferencia. Moguillansky propone, así, una lectura que desplaza el foco desde los individuos hacia el entramado que co-construyen. En esta trama, hecha de acuerdos implícitos, fantasías compartidas y desafíos intersubjetivos, se juega la vitalidad del amor contemporáneo y su potencial para producir cambios psíquicos significativos.


