Ella (Her), de Spike Jonze


Con la llegada de la Pandemia, la clínica psicoanalítica -como otros encuentros humanos- se ha digitalizado. Nos hemos visto impulsados a admitir este tipo de conexión con otros. En este contexto es que se me ocurre interesante ver o volver a ver la película Ella del estadounidense Spike Jonze. El Filme presenta la historia de Theodore, un hombre que habita en una sociedad altamente digitalizada y que posee un sistema operativo que, manejado desde un pequeño dispositivo móvil, se dispone a desenvolverse en varias funciones, incluso como “su conciencia”. Él la llama Samantha, y lo asiste en sus t

areas cotidianas, pero con el paso del tiempo parece convertirse en un soporte social y emocional para él, llegando a enamorarse de esta entidad.

Mientras se aprecia un menoscabo de las interacciones reales en su entorno, Samantha se erige como un objeto relevante para su psiquismo, más allá de lo que la realidad material le exhibe. Su voz lo hace sentir sintonizado y contenido, prescindiendo de lo corpóreo y de los déficits perceptuales.


Los comentarios de esta historia destacan la idea de una “relación” parcial e idealizada, insostenible y fútil, que deteriora la conexión con la sociedad y el examen de realidad del protagonista.


Pienso que quizás vale la pena observar desde otra vereda esta película y reconsiderar la naturaleza e impacto de los “tele encuentros” y de las teleterapias, hoy instalados como costumbre.


Es frecuente oír los perjuicios que esto ha traído a nuestro quehacer. Se habla de “fallas” e “intrusiones”, de pérdidas en la dimensión corporal y no verbal, de confusión y desgaste por la presencia no presente y por esfuerzos del clínico por compensarlo, de la ausencia de un espacio para transitar de la cotidianeidad a la sesión y viceversa, del deterioro de la mutualidad, entre otras apreciaciones.


La película Ella presenta algo que podría concebirse como que Samantha cumple la función de un self object, o satisface necesidades de apego, o actúa como un yo auxiliar. Pese a su ausencia física y a lo desfavorable que esta “relación” pudiese resultar, impresiona también sosteniendo al aparato anímico de Theodore. Para él, este vínculo, aunque “sucedáneo”, tiene influjos en su psiquismo y la falta de corporeidad no ha sustraído estas atribuciones. Se transciende lo material y las percepciones restringidas son sustituidas por las que sí están disponibles. Surge una forma de encontrarse y de suplir los desencuentros. La realidad psíquica se impone sobre la realidad material. Las ausencias físicas podrían intensificar las fantasías y transferencias y dar lugar a una díada diversa a la que podría constituirse presencialmente.


Entonces, podría pensarse que una interacción digital no despoja al vínculo de todas sus particularidades de manera irreparable.

Diversas investigaciones y teorías sustentan estas ideas y sugieren que aun en lo digital, nuestro ejercicio se ve en su esencia salvaguardado. Asimismo, que es necesario incluirlo como una forma de estar sintonizados con los avances sociales y tecnológicos, siendo lo primordial un adecuado juicio ético y clínico a la hora de implementar este tipo de terapias, considerando además las características de la díada y su capacidad para sobrellevarlo.


Ps. Carolina Villena C.

Analista en Formación APSAN



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