top of page

Hannah Arendt y la banalidad del mal

Actualizado: 9 ene

Carolina Guiraldes.

Psicóloga UC.




Hannah Arendt nació en 1906 en Alemania. Desde joven inició su formación filosófica, influida, entre otros, por Kant y Heidegger. Durante la Segunda Guerra Mundial fue encarcelada en dos ocasiones, logrando fugarse ambas veces, hasta que en 1933 consiguió emigrar a Estados Unidos.


Su interés inicial se centró en el estudio de los procesos totalitarios, considerando tanto el nazismo como el estalinismo, tema que desarrolló en su obra Los orígenes del totalitarismo (1951).


En 1961 asistió al juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén. Las conclusiones que extrajo, especialmente el concepto de la banalidad del mal, provocaron gran controversia, particularmente entre la población judía.


Arendt esperaba encontrarse con un criminal psicópata, sádico y fanático. Sin embargo, quedó existencialmente conmocionada al observar que los crímenes más atroces del nazismo habían sido cometidos, en su mayoría, por hombres “comunes y corrientes”: amorosos padres de familia, empleados y trabajadores honestos, burgueses respetuosos de la ley.


“El mal, como se nos ha enseñado desde las teorías filosóficas y teológicas, es algo demoníaco, representado comúnmente por Satán o Lucifer”, monstruos infernales capaces de crueldad y destrucción, tal como la opinión común imaginaba el actuar de los nazis. En cambio, Arendt observa en Eichmann a alguien vulgar, un hombre del montón.“ No había en él ningún signo de firmes convicciones ideológicas ni de motivaciones especialmente malignas, y la única característica notable que se podía detectar en su comportamiento no era estupidez, sino falta de reflexión”.

Eichmann mostraba fidelidad a los códigos de conducta, obediencia a las normas establecidas, respeto atento por la opinión mayoritaria y una escasa capacidad de memoria, imaginación y juicio. Todo ello se manifestaba, en resumen, como una ausencia de pensamiento.


“Podemos decir que Eichmann, sencillamente, jamás supo lo que hacía”.

Lo siniestro de esta falta de pensamiento radica en que Eichmann simplemente se ajustó al código moral dominante y a las leyes de su entorno social.


Para comprender la lógica de este fenómeno, Arendt consideró el modelo de funcionamiento burocrático: Eichmann “actuó en todo momento dentro de los límites impuestos por sus obligaciones de conciencia”, en armonía con una norma general que aparentaba legalidad y normalidad.Quien fuera el encargado de la logística de transporte del Holocausto no se sentía, en consecuencia, culpable; reiteraba que no había tenido relación directa con la matanza de judíos.


Fue un tecnócrata centrado en su función, sin mirar la totalidad del sistema, preocupado por su carrera y ascensos. Se consideraba un simple “tornillo” dentro de una maquinaria y su expectativa era cumplir su tarea a la perfección: solo se hace algo, no se piensa en ello; otros son quienes toman las decisiones.(“¿Quién soy yo para decir lo que está bien o mal?”)

Eichmann abdica de su responsabilidad; no dirige su atención ni su mirada hacia lo que ha hecho, de modo que le resulta imposible adquirir conciencia del mundo y del lugar que ocupa en él. Gestiona personas para realizar el trabajo sucio: esa es su experiencia y lo que mejor sabe hacer. Su frialdad y desprecio le permiten mantener el poder, desestimando las percepciones de los individuos, lo que conduce a una deshumanización tanto de las víctimas como de los propios ejecutores.


El régimen nazi estableció una nueva fuente de derecho que legalizó la injusticia y el crimen. Para Arendt, la voz de la conciencia no es un sentimiento moral innato y general en el corazón humano; la conciencia se actualiza en el silencioso diálogo del pensamiento del yo consigo mismo.


Eichmann no reconoció que las normas morales convencionales podían diferir de las suyas; no pudo juzgar su significado ni sus implicaciones, porque su conciencia funcionó obedeciendo lo que se le ordenaba y lo que veía hacer a su alrededor, sin pensar de manera autónoma.


El tribunal se mostró incrédulo ante la idea de que Eichmann careciera de conciencia sobre la calidad de sus actos, es decir, de su incapacidad para distinguir el bien del mal. Al no abordar la dificultad moral —e incluso jurídica— del caso, no pudieron considerarlo un hombre común y corriente.


La turbación ante la banalidad del mal surge de la desproporción entre los horrendos crímenes de Eichmann y su personalidad casi bufonesca.


“Lo más grave era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que éstos no fueron ni pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo terrible y terroríficamente normales”.

Arendt observa que la palabra moral proviene de mores, literalmente “costumbres” o “hábitos”, los cuales pueden ser sustituidos por otro conjunto de normas de comportamiento social sin más dificultad que la que supondría cambiar las “buenas maneras” de una persona o un pueblo, tal como lo demostró la Alemania nazi.


Con la idea de la banalidad del mal, Arendt alude a una moralidad y responsabilidad personal distorsionadas por la imposición de un régimen político que invade los entornos, las vidas y las conciencias de las personas. El resultado es un fracaso del pensamiento, de la diferenciación y del juicio, de modo que el actuar se vuelve algo banal dentro de un sistema jerárquico donde otros toman las decisiones y nadie asume culpas ni reflexiona sobre sus propias acciones.


Bibliografía

Estrada Saavedra, Marco. La normalidad como excepción: la banalidad del mal, la conciencia y el juicio en la obra de Hannah Arendt.


The New Enlightenment with Ashley, YouTube.


 
 
APSAN
Asociación Psicoanalítica de Santiago
  

Únete a nuestra lista de correo electrónico

¡Gracias por suscribirte!

bottom of page