Las luces de Rafael Parada no se apagan fácilmente.

Ni siquiera con el aviso del cuerpo, ese cuerpo que fue muriendo lentamente como adelanto y sinopsis de su muerte oficial.

Total, esa suerte es universal.


La historia de Rafael tiene que ver con lo particular. Esa singularidad que hace la entrada en el mundo de muchos, se podría decir, en el fondo, un tipo de experiencia que todos esperamos siempre, algo que habita entre la música y la palabra y que puede desplazar casi sin aviso, un centro de gravedad. Otra mirada, y como único testigo, una especie de bienestar.


Así Rafael encantó a muchos, y muchos, como dijo Mario Gomberoff anoche, queríamos estar con él.Se prendieron muchas luces en ese trayecto, como un abrazo de largo aliento. Aunque el tiempo podría quitarle precisión a sus destellos no le quita probablemente lo fundamental. Hubo inoculación y huella. Motivación y encanto, condiciones prácticamente imprescindibles para sobrellevar el trayecto propio.


La desaparición material de Rafael Parada no produce ninguna sensación de discontinuidad con su historia. Tal vez su muerte impulsa una vida nueva en otros, ganas de conocerlo más, recuperar sus escritos, pintar sus ideas más allá de los límites de nuestra psiquiatría. Podría ser una muerte sospechosa, nos dejó vitalizados, pensando, recordando. Cercanos a su propia sospecha de poner la psiquiatría y el psicoanálisis al servicio de una causa, a un sistema, para qué decir a un gobierno. Ningún sometimiento en el pensamiento, solo viajes felices entre distintos discursos. Hartas ventanas abiertas para mirar como niños con preguntas verdaderas

Por suerte, para todos.



Rogelio Isla



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